El día se abría sin hacer ruido. La ciudad, envuelta en un gris templado, parecía flotar bajo un silencio contenido. Lena caminaba hacia el trabajo con el cuello del abrigo levantado, intentando convencer al cuerpo de que la normalidad seguía ahí, aunque solo fuera una apariencia.
El aire olía a pan recién horneado, a tránsito y a lluvia vieja. Por un momento creyó que todo era igual que siempre, hasta que, al pasar junto a un escaparate, notó su reflejo moverse con un segundo de retraso.
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